Daniel Salamanca


Iván Ordóñez: ¿Desde cuándo empieza su interés por el arte?

Daniel Salamanca: Creo que uno empieza a interesarse por las cosas cuando entiende qué son y de qué se tratan. Y ese momento me llegó cuando cursaba más o menos quinto semestre de artes visuales en la Universidad Javeriana de Bogotá. Entonces recuerdo que me obsesionaron varios libros, entre ellos, Mi filosofía de A a B y de B a A de Andy Warhol, La cámara lúcida de Roland Barthes, Vida y muerte de la imagen de Regis Debray y otros textos sencillos con los que me identificaba profundamente en ese momento. Empecé a entender mejor el problema y a darme cuenta de que tenía muchísimas cosas que decir, señalar y cuestionar. Y ese espacio llamado “arte”, en su definición más amplia, era el lugar perfecto para hacerlo. Pero como digo, uno no lo sabe hasta que lo entiende. Y por esa misma razón sé que el interés estuvo presente desde siempre. Lo que pasa es que no le había puesto un nombre ni dado una orientación clara. Es decir, desde que tengo uso de razón fui un poco obsesivo, crítico, curioso, inquieto y sensible a lo que me rodea, actitudes casi inherentes a la gran mayoría de los artistas. Hacia el final de la carrera ya estaba tan apasionado con el tema, que mi tesis, más que una obra de arte terminada, fue justamente un ejercicio de iniciación hacia esa idea de ser artista de por vida. 

I.O: ¿Qué problemas estéticos, ideológicos o conceptuales ha desarrollado en su trabajo?

D.S: La verdad es que intento alejarme conscientemente de toda opinión que me englobe dentro de un grupo o una colectividad, bien sea social, cultural, religiosa, política o económica. Esto porque le temo muchísimo a los dogmas, a la ceguera colectiva y al fanatismo de cualquier tipo. Al contrario, creo fielmente en la autonomía de pensamiento y en la independencia espiritual. Y en ese sentido mi trabajo se mueve dentro de problemas ideológicos sumamente universales, neutros si se quiere, y sin inclinaciones radicales. Y eso se ve reflejado tanto en la estética como en el concepto detrás de mi cuerpo de trabajo. Por un lado trato de ser muy austero en los materiales y la forma que toman mis proyectos. No me gustan los terminados industriales o la monumentalidad. Todas las decisiones estéticas son sutiles, de poco contraste. Aparte me sirvo de la serialidad, de la reproducción, del mapeo, de los archivos y de los libros porque creo que son elementos donde el espectador puede sentirse cómodo y encontrar un norte. Acogedor, sencillo y austero creo que serían buenas palabras para describirlo. En cuanto al concepto, parto de problemas muy humanos, de la vida, el destino, la suerte, la memoria o la rutina. Insisto, conceptos universales que a medida que avance en mi carrera quiero ir complejizando con estrategias narrativas, y de ficción, similares a las de una película o una novela literaria. Ojalá sin entrar en terrenos que para mí sean “clichesudos”, o donde la crítica sea obvia y, por ende, aburrida. Aparte creo mucho en el concepto de resistencia, es decir, de construir y trabajar constantemente en el tiempo. También me gusta creer que existe algo así como lo común y corriente, muy políticamente incorrecto, pero donde me siento cómodo. Es como un lugar gris que aprecio bastante.

I.O: ¿Qué técnicas, medios o lenguajes ha trabajado?

D.S: Inicialmente he trabajado con las técnicas bidimensionales tradicionales, es decir el dibujo y la pintura. Dicho de otra forma, el dibujo como esqueleto y la pintura como piel. Luego he complementado esto con fotografía instantánea y digital, con recursos gráficos tales como la impresión litográfica, la fotocopia, los sellos o los libros, con collage y recorte, con ready-mades, con objetos intervenidos, y con la Internet como plataforma. Todo esto atravesado por una herramienta que considero esencial: la escritura. A futuro pretendo arriesgarme poco a poco con ejercicios audiovisuales y probablemente también con cosas que involucren la carpintería o la arquitectura. En pocas palabras creo en la interdisciplinariedad y en lo “multimedial” (entendido como pluralidad de medios y no como nuevas tecnologías). Mi preocupación, sin embargo, es depender de terceros, sobre todo acá en Colombia donde generalmente los estándares de calidad y compromiso son decepcionantes, y a veces incluso nulos.

I.O: ¿Qué temáticas ha desarrollado en su trabajo?

D.S: Actualmente reconozco diversas líneas temáticas que constantemente se entrecruzan en mi trabajo. Por un lado estaría el viaje, los movimientos, el traslado y los trayectos, que no son sólo geográficos sino que se vuelven incluso emotivos o intelectuales. También me interesa mucho la memoria, el recuerdo y la anécdota como detonantes para desarrollar historias en el tiempo. Unido a esto estaría la rutina, la cotidianidad, y el destino. Y por último, la creación y el arte, que por ser mi día a día, me emocionan intensamente. A futuro supongo que se colarán otros temas o derivaciones más específicas de estos. Por ejemplo quisiera ahondar en el tema de las familias, de las ascendencias o herencias, me trasnocha la capacidad del cuerpo y de la mente para enfermarse o sanarse, y creo que detrás de las relaciones de pareja también habría mucha tela de dónde cortar. De lo que si estoy seguro es que quiero evitar, a toda costa, aún si me cuesta muchas exposiciones o cierta figuración en el mundo del arte, los grandes temas mundiales o la crítica no sincera. 

I.O: ¿Qué artistas han influenciado su trabajo?

D.S: Si hiciera una lista creo que no acabaría nunca. Incluso ya he perdido la cuenta y el rastro de la influencia. No solo la que se puede ejercer sobre el trabajo sino sobre uno mismo. Esto sin contar a los no artistas. Porque no hay nada que lo influencie a uno más que otros seres humanos. Para bien y para mal. Pero para contestar a la pregunta, y siendo sincero, que es otra de mis posiciones ideológicas, creo que la lista resumida sería algo así: Yesid Vergara (mi primer profesor de dibujo), Franklin Aguirre (mi asesor de tesis), Juan Pablo Echeverri, Mateo López, Nicolás Paris, Gabriel Silva, Saúl Sánchez, Kevin Simón Mancera, Martin Creed, José Antonio Suárez, Nicolás Consuegra, Sophie Calle, On Kawara, Mike Mills, Miranda July, Caravaggio, Leonardo Da Vinci, Gerhard Richter, David Hockney, Daniel Santiago Salguero, Andy Warhol, Marcel Duchamp, Jonathas de Andrade, Luis Camnitzer y Martin Craig, entre otros miles, que probablemente han aportado algo a la evolución de mi trabajo. Lo cierto es que hoy en día el acceso a la información es tan ilimitada que es imposible no verse reflejado en los discursos y trabajos ajenos. Sin embargo la clave está en saber reconocer elementos que a uno le sirven, bien sean formales, conceptuales, estéticos o ideológicos, no con el ánimo de copiarlos, sino de repensarlos y evolucionarlos en beneficio de los proyectos propios. Me atrevería a decir, muy a diferencia de lo que enseña la historia del arte, que es más útil la continuidad progresiva e inteligente de las cosas, que las grandes rupturas. Salvo cuando todo anda mal.

I.O: Hablemos sobre sus proyectos.

D.S: Yo llevo haciendo obra activamente desde que me gradué de la Universidad, en el 2006. Aunque en principio pretendí tener un medio predilecto, que era la pintura, poco a poco entendí que mi forma de trabajar era más diversa, y que los temas y conceptos predominaban sobre la forma, generando precisamente algo más complejo. A su vez, aunque cada proyecto se gesta en un momento preciso en el tiempo intento siempre seguirlos revisando y conectando con los demás. Algo así como una gran telaraña, un mapa mental o un árbol pensado a largo plazo.  
 
Uno de esos primeros proyectos, y que aún sigo completando, se llama El mundo es un pañuelo o seis grados. Es una colección de casi 900 fotos instantáneas de personas que conozco, o he conocido. A partir de estas empecé a trazar conexiones y a hacer mapas sociales, si se quiere. También reproduje algunas de las fotografías en pintura y en dibujo, y luego construí un cubo que condensaba a aquellas personas relacionadas al circuito artístico en Bogotá. De ahí se derivó algo muy fuerte sobre el destino y la casualidad. Entonces empecé otro trabajo llamado Serendipity en el que sellaba billetes con la intención de ver si volvían a mí. A su vez imaginaba las historias derivadas del recorrido del billete pasando de persona a persona. Coincidencialmente en Colombia tenemos 6 billetes lo cual para mí era el equivalente a los seis grados. Se repetía lo del destino y lo de la gente. Otro proyecto lo titulé Journey (travesía). En este comparaba la necesidad biológica de migrar que tienen ciertas aves, con el interés del ser humano por viajar y moverse. De nuevo aparecían los mapas y los recorridos. También pensaba ese movimiento en términos de futuro. Algo así como qué le espera a cada cual de acuerdo a lo que hace o deja de hacer. Pensaba el viaje no sólo en términos geográficos sino también emotivos e intelectuales.
 
Esto se podría conectar a una residencia que hice en Brasil y cuyo propósito fue introducir toda la experiencia vivida en una maleta. Son muchos dibujos, objetos, fotografías y elementos diversos organizados de manera que sean portátiles y desplegables. Yo mismo de cierta forma viví esa misma aventura de las aves migratorias y me cuestioné la itinerancia como concepto. Además obviamente le tomé fotos a quienes conocí, que entran a hacer parte del primer proyecto. Así se va hilando todo.
 
Otra serie de trabajos  se centran en el quehacer del artista, en la creatividad. Un ejemplo es el proyecto llamado Cartografía de las ideas, que partía de un impulso por hacer imágenes y se convirtió en un mapa conceptual instalado en la pared. Ahí uno podía ver mis principales intereses dibujados e impresos en hojas de papel. Volvía y aparecía en un momento una estructura hexagonal como la  de ciertos mapas del proyecto de los seis grados, también las aves, la escritura y un bastidor blanco que recordaba mi interés temprano por la pintura y su soporte. También se conecta con un árbol genealógico que hice el año pasado con retratos de artistas que representaban la multidisciplinareidad en el arte. En éste (Genealogía del creador) retomaba herramientas formales del anterior pero también volvía a aparecer el retrato, las personas y las anécdotas en forma de biografías cortas. A su vez, con una artista que se llama Camila Echeverría también empezamos un trabajo sobre procesos. Y funciona como una constelación basada en lo que nos entrega cada artista. Estamos intentando mapear que pasa detrás de las obras que se muestran.
 
Finalmente en todos los proyectos generalmente hay libros, o libretas, incluso llevo unos diarios cronológicamente desde el 2003, que pretendo conservar en un orfanato para libros, que es otro proyecto. Y así sucesivamente. Yo voy siempre dejando pistas y cabos sueltos que luego retomo y que se entienden con el pasar del tiempo. Si tuviera un proceso lineal me aburriría muchísimo. No se si sea claro. Creo que habría que ver detalladamente las obras para entenderlo. Lo cierto es que trato que cada proyecto tenga muchas capas de sentido y que sea el espectador el que decida hasta dónde quiere llegar. Cada cual puede ver lo que le interesa. O unas simples pinturas, fotos y dibujos o un complejo entramado de reflexiones. 

I.O: Usted también tiene un espacio en una prestigiosa revista colombiana. Hablemos un poco sobre ese proceso.

D.S: Supongo que habla de la revista Arcadia. Como lo comenté anteriormente me gusta escribir. Es algo transversal a toda mi forma de hacer y de pensar. En parte porque estudié en un colegio francés en donde nos insistieron mucho en ello. En entender todo a partir de las palabras y las frases. En redactar de forma sencilla, clara, con frases cortas y una estructura argumentativa muy bien definida de antemano. Y uno lo aplica siempre. Al punto que al final de la carrera hice una tesis que parecía más una novela corta que un texto académico. Toda una reflexión pseudo-literaria relacionada con el arte. Una cosa sui-generis creo yo. Aún no sé cómo aprobé. Lo cierto es que continué haciendo ejercicios de escritura creativa. Me inventaba personajes, intentaba escribir cuentos, hacía textos cortos sobre cosas intrascendentes que pensaba. Y así.

Entonces a un muy buen amigo mío que es periodista en la revista Semana le preguntaron si conocía personas que pudieran escribir sobre arte o cultura. Y él les habló de mí. Coincidencialmente la persona que estaba encargada en ese momento del sitio virtual de Arcadia ya había leído algunas cosas mías y me invitó directamente a que llevara un blog de arte hospedado en la página de ellos. Primero quisimos que fuera de crítica pero finalmente yo preferí hacer otra cosa. Además quería aprovechar la oportunidad para enterarme de qué más pasaba por el mundo del arte, especialmente en Latinoamérica. También quise darle visibilidad a proyectos que no salieran tanto en los medios de comunicación más grandes. Así empezó la cosa. Luego me di cuenta de que cada vez que reseñaba algo había alguna reflexión pequeña que hacer. Así que siempre introduzco los artículos con una breve opinión o algún cuestionamiento que en muchos de los casos se relaciona con todo el tema ideológico que comentaba en la segunda pregunta. También intento que sea variado, que toque temas diversos, que haya videos, links, entrevistas y otras cosas para que no se vuelva aburrido. Al fin y al cabo hay tanta información en Internet que es difícil captar lectores. Con decirle que cada entrada, en el mejor de los casos, apenas y llega a las mil visitas. Me parece muy poco. He pensado en taguear todo con sexo, Chávez, mascotas, top 10 y cosas así a ver si suben los clics. El blog de música en cambio siempre tiene más de diez mil visitas. Es raro. Lo cierto es que a pesar de ser una bitácora virtual, algo que no compromete la postura de Arcadia ni la de su directora, la gente del medio poco a poco le ve un valor e incluso me pide que hable de sus proyectos. Lo cual me parece chistoso, porque insisto, es un blog. Y la idea no es hacer free press o volverlo una agenda de eventos. A la conclusión que llego es que hay un vacío muy grande en el periodismo cultural. Al parecer no hay tantas personas que escriban, o que escriban en un tono amable con el lector no especializado. Tampoco es un buen negocio. Claramente es mejor tener revistas de farándula o de cosas más superfluas donde las empresas sí quieran pautar. No lo sé. Es un tema que daría para muchas discusiones. De hecho ahora hay una convocatoria del distrito para formar personas al respecto. Eso me parece increíble. Ojalá se ampliaran esas propuestas. Lo cierto es que es una revista que sigo desde sus inicios, con un estilo que me interesa y por eso me parece importante poder tener ese espacio. Incluso hace poco escribí un primer artículo para la versión impresa. Vamos a ver en qué evoluciona eso y si esas colaboraciones se vuelven más frecuentes. Aunque lleva tiempo hacerlas lo veo como un complemento ideal a mi producción. Hace que todo el tiempo esté analizando y viendo cosas. Me pasa lo mismo con una clase que doy en la universidad y varios talleres que he dictado en las sedes culturales del Banco de la Repúbica. Lo obligan a uno a estar revisando el propio conocimiento una y otra vez. Casi que reemplaza el hecho de estudiar.

I.O: ¿Cuántas exposiciones ha tenido?

D.S: Aunque ésta parece ser una pregunta sencilla, que tan sólo ameritaría un número y ya, a mí me suscita varias reflexiones. No creo que las exposiciones sean el único lugar donde sucede el arte, tampoco la mejor medida para calcular el éxito o la pertinencia de los proyectos. Sin embargo recién se sale de la universidad uno siente que de eso se trata todo. De exponer y exponerse. Tanto así que muchos artistas lo único que les interesa es eso. Y todo el tiempo se están midiendo y comparando en ese sentido. Como si se tratara de llenar lo más rápido posible la hoja de vida. Y uno sufre con eso. Así que un día entendí que debía separar la idea de hacer arte de la idea de hacer carrera, que son dos cosas totalmente distintas. En ese sentido sería más interesante hacer una medición de acuerdo al tiempo que uno le dedica a su obra, o a los libros que lee, o a las problemáticas que resuelve en su cabeza. Eso sería más diciente en términos realmente profesionales. De hecho, el momento en que los artistas son menos artistas es en las exposiciones. Uno es artista en la ducha, en la calle o a medianoche cuando no puede dormir por estar resolviendo algún proyecto. Lo otro es una puesta en escena para que ese insomnio valga la pena. Sin embargo, y contradictoriamente, también estoy seguro de que las exposiciones motivan a estar haciendo cosas y que algo suceda. De lo contrario las obras tardarían demasiado en realizarse o se quedarían en el papel. Y eso también es un poco triste. Para las estadísticas, ya he completado 47 exposiciones, entre individuales y colectivas, obviamente unas más representativas que otras, algunas que me han cambiado un poquito la vida, otras que me han dado ganas de tirar la toalla. Pero así es esto. Al fin y al cabo uno se divierte, y conoce mucha gente, que es lo más interesante de todo.

I.O: ¿Qué artistas colombianos le interesan?

D.S: A mí me gusta mucho el arte. No solo hacerlo, sino verlo y experimentarlo, y por vivir y trabajar en Bogotá lo que más he visto es de acá. Así que admiro a muchas personas y me interesan cosas muy diversas. Aunque cada cual sobresale por alguna particularidad, en términos generales los artistas que más me interesan son aquellos con cierta actitud personal, que me sorprenden, que no se repiten tanto, que son comprometidos y obsesivos, y, a la vez, logran no tomarse las cosas tan en serio.

Algunos ejemplos: Ana María Montenegro (con una mirada muy particular del mundo), Iván Argote (me da envidia su actitud), Laura Huertas Millán (por la capacidad de contar las cosas de otra manera y de manera impecable), Mauricio Arango (por cierta poesía oculta), Daniel Santiago Salguero (por confundir vida y arte), Andrés Matías Pinilla (por ser un amo de casa y no una rock-star), Nicolás Consuegra (Por lo impecable y acucioso de sus observaciones), Mateo López (siempre me impresiona y siento que va un paso más allá), Nicolás París (porque lleva una revolución silenciosa), Saúl Sánchez (por su enorme talento y sintonía entre comunicación, lenguaje y arte), Lorena Espitia (por su constancia, pericia y búsqueda personal), Santiago Reyes (por la sofisticación y limpieza de sus objetos), Carlos Alfonso (porque no lo conocía y lo que hace me transmite algo que no sé qué es), Ricardo Muñoz Izquierdo (por lo provocador e irreverente), Felipe Arturo (por entender la arquitectura de otra forma), Camila Echeverría (por su fina intuición), Milena Bonilla (porque es una cartógrafa y geógrafa), Catalina Jaramillo (me fascinan sus dibujos), Miler Lagos (porque tiene chispazos inigualables), Luis Fernando Ramírez (por ser un arquitecto moderno haciendo arte), Nicolás Uribe (por el buen humor e insistencia en la pintura), Juan Mejía (porque me identifico con su obra), Luis Fernando Roldán (suelen inspirarme sus montajes y la heterogeneidad de su trabajo), Juan Cárdenas (maravilloso), Taller 4 rojo (por la construcción de un imaginario gráfico en un país de mierda), los integrantes de Laagencia (los admiro en tanto que grupo), Adriana Martínez (por los fines de las películas), Lorenzo Jaramillo (simplemente me gusta ver sus cuadros), Alvaro Barrios (maestro), Luis Caballero (porque tuvo siempre el trazo que yo quise tener en la universidad), Lucas Ospina (porque escribe, dibuja y opina), Victor Albarracín (por autosabotearse de manera inteligente), Antonio Samudio (por lo inquietante de sus personajes y porque me identifico con su paleta de color), Oscar Muñoz (un mago del arte), José Antonio Suárez (por el respeto que él mismo le tiene a sus dibujos y al oficio), Mateo Pizarro (por ir al detalle de las cosas), Gabriel Sierra (por el humor e ironía al revisar el diseño industrial y la arquitectura), Camilo Bojacá (por animar minuciosos dibujos), Juan Carlos Delgado (por su riesgo en los materiales), Nicolás Gómez Echeverri (porque en mi cabeza entiendo la pintura de la misma manera) y Adriana Salazar (porque le da vida a la muerte). Y así podría seguir por un buen rato. Es más, probablemente cuando se publique esta entrevista me daré cuenta que habré olvidado a varios.

I.O: ¿Qué opina del arte colombiano?

D.S: Opino que es muy difícil generalizar. Sin embargo mi sensación es positiva. Hoy día, y sobre todo acá en Bogotá, uno encuentra que cada semana la gente está haciendo y proponiendo muchas cosas. Sobre todo la gente joven. Se componen colectivos, se generan muestras independientes, hay proyectos itinerantes, ferias de libros y fanzines, pequeñas charlas y discusiones, acciones públicas y colectivas, muestras universitarias, en fin, muchas cosas. Hay plan de martes a domingo. Esto, mientras internacionalmente los artistas cuyo trabajo está más maduro empiezan a ser partícipes de Bienales, ferias internacionales, estudios, becas, residencias y decenas de otras oportunidades que antes no eran tan frecuentes. Asumo entonces que el arte colombiano, así en esos términos tan generales, pasa por un buen momento. Y aunque la cantidad no garantiza la calidad, insisto en que hay más síntomas positivos que negativos.

I.O: ¿Cree que hay algo que defina una cierta colombianidad en el arte que se produce por colombianos o en Colombia?

D.S: Creo que más que una colombianidad hay varias colombianidades. Así rápidamente distingo alrededor de cuatro. Por un lado está la necesidad, a veces hipócrita (dependiendo de cada artista), de hablar de la realidad nacional, es decir, de todos nuestros males: más de 50 años de guerra, posiciones partidistas, paramilitarismo, guerrilla, narcotráfico, cinismo político, fractura social, colonización, intereses económicos y relaciones de poder. Por otro lado están los del lado opuesto, a veces ciegos (dependiendo de cada artista), quienes creen en esa idea de que Colombia es pasión, y les interesa la diversidad natural, las tradiciones, el color, el folclor y demás visiones emotivas. Temas ingenuos, pero que se deben vender muy bien en ferias de emprendimiento, embajadas y cosas así. También creo que en Colombia la idea de que el artista tenga un estilo definido es muy fuerte y sigue vigente. No sé si es por el peso que tuvieron los modernos pero podría ser otra colombianidad. Eso de repetirse, de buscar un color particular que defina la propuesta estética, así como una línea temática y formal reconocible dentro de un mercado y otros circuitos. Y por último creo que en Colombia se trabaja con las uñas. La gran mayoría de artistas tienen trabajos paralelos y se acomodan a una situación precaria en términos económicos. Esa es otra colombianidad que sin embargo ha dado paso a propuestas muy interesantes en las que a veces no se requiere de tanta producción o espectacularidad. Como por ejemplo las bajas tecnologías o el uso del dibujo, herramientas formales que han ido ganando mucha fuerza.

Sin embargo, y en términos generales, no creo en la necesidad de que existan posiciones nacionalistas dentro de la creación artística. Defiendo más la idea de un artista ciudadano del mundo que pueda contar historias universales que a su vez sean leídas sin un filtro local. Y en ese sentido en Colombia hay mucha gente que lo entiende así y que no entra dentro de esas colombianidades que enumeraba anteriormente.

I.O: ¿Qué opina de la curaduría?

D.S: Me parece que la curaduría cobra sentido cuando se toman riesgos y se hace bien. Hablo de encontrar temas pertinentes, de hilar y conectar una interesante selección de obras y artistas, de proporcionarle al espectador pistas claras para leer una exposición y de develar relaciones que de otra forma no serían visibles. En ese sentido la curaduría es un oficio maravilloso y de alta creatividad intelectual. Es como contar historias a través de los ojos y los pensamientos de terceros. Tal como lo hace un director de cine al orquestar a sus actores. Sin embargo en el caso contrario, cuando no hay riesgo, cuando simplemente se ubican unas obras al lado de las otras, creo que se pierde la gracia y la curaduría se vuelve intrascendente. Al punto que es preferible la visión solitaria del artista, quien, a su manera, y si es intuitivo, ya ha organizado su trabajo y entendido cada obra en relación y diálogo con otras.

También siento que detrás de un buen curador hay un artista apasionado por este oficio. Hay alguien altruista que es capaz de potencializar procesos solitarios y de visibilizar aquello que a veces parece imposible de ver.

I.O: ¿Qué opina del mercado del arte?

D.S: Me temo que es uno de los mercados más divertidos y emocionantes que existen, y que sin embargo, se sataniza ingenuamente. Primero que todo, y esto es importante de aclarar, creo que el dinero es un invento absolutamente imbécil. A mí me parece increíble que una empleada del servicio se gane alrededor de veinte mil pesos diarios (haciendo un trabajo impecable, siendo responsable, honesta y buena persona) mientras que un Dry Martini en un sitio cualquiera puede valer hasta treinta y seis mil. Esa simple comparación ya me hace saber que alrededor de toda transacción monetaria siempre puede haber un acto injusto. A su vez el dinero me parece ordinario. Es decir, en el mundo debe haber millones de millones de millones de billetes, y la gente se muere por ellos. Como si fuera algo exclusivo. En cambio hay cosas más particulares, a veces inmateriales y únicas, que no trasnochan a nadie. Eso es muy raro.

Partiendo de esta breve reflexión creo que el mercado del arte, en últimas, es más consecuente con esa ridiculez propia de la economía. Es un mercado que puede llegar a valorar el esfuerzo, la dedicación, la constancia o las buenas ideas, más que un objeto. Yo cuando le digo un precio a alguien que no tiene ni idea de esto (a pesar de que en el mercado del arte son precios muy bajos) le parece excesivo, obviamente. ¿Por qué un dibujo en una hoja carta puede costar, por decir algo, 800.000? Estoy de acuerdo, es ridículo. Como el ejemplo del servicio doméstico frente al coctel. Y por eso me parece fascinante. Porque pone en cuestión las normas básicas de cualquier mercado. Ya no es sólo la oferta y la demanda, la inflación o los costos. Es algo más allá. Son muchos factores. Entonces todo y nada importa. Lo cual es increíble y eso es lo que me apasiona.

Otra cosa es que los artistas dejen que su trabajo sea permeado por los vicios y defectos de cualquier mercado. Lo cual es otro problema. Como quien decide traficar con crack porque es buen negocio. Ahí lo que hay que revisar no es el mercado sino los principios ideológicos de cada persona y las normas impuestas entorno al intercambio y venta de mercancías.

Tampoco creo que los galeristas sean unos tipos malos y usureros como siempre se trata de ver (aunque los hay). Al contrario creo que es uno de los negocios más difíciles que hay. Se debe alquilar un espacio, hacer exposiciones cada mes, atraer gente, viajar a ferias, lidiar con la crítica, sacar comunicados de prensa, actualizar la página web, cobrarle a los coleccionistas, apoyar a sus artistas y confiar en el factor humano, entre muchas otras cosas. Tareas nada fáciles. Y hay quienes lo hacen y se arriesgan por el proceso de gente joven que puede que tiren la toalla muy pronto. Es todo un reto. Casi como el de los artistas e incluso el de los coleccionistas. Insisto, visto de esta forma, es un mercado más que apasionante.

I.O: ¿Qué opinión tiene de las ferias de arte?

D.S: No he participado ni asistido a muchas ferias de arte así que mi experiencia al respecto es poca. En ArtBO, en el pabellón Artecámara, que no tiene intenciones comerciales, he estado tres veces, y aparte, en la feria Odeón y La Otra, un par de veces. Mi sensación es que todo el mundo luce muy cansado. Ese podría ser el común denominador. Al compactar más de “x” artistas, y más de “x” galerías, y más de “x” proyectos, y más de “x” publicaciones, y más de “x” visitantes en un mismo espacio, y por tan solo cuatro días, lo único que puede quedar al final es una gran resaca generalizada. Lo bueno, creo yo, es que hay una asistencia masiva al evento que obviamente supera con creces al posible público de todas las exposiciones juntas en el año. Además la gente logra hacer vínculos sociales y económicos que derivan en proyectos futuros. Aparte considero que son fines de semana entretenidos. La gente conoce gente, hay fiestas, reuniones, recorridos. Y eso cuando se hace genuinamente y sin prevenciones, termina siendo interesante y valioso para todo el medio artístico. Incluso para la gente externa al mundo del arte, todo ese gran circo, debe ser muy divertido.

Otra cosa importante es recordar que una feria no es una exposición. Por lo cual pretender ir a ver obras con calma y cierta lógica, no tiene sentido. Sería como volver a los grandes salones franceses del siglo XVIII. Una feria es un lugar de paso para realizar negocios puntuales, conocer a los artistas representados por cada galería, encontrarse con gente, comparar precios, etc. Y eso la gente a veces parece no tenerlo claro.

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