Leyla Cárdenas


Iván Ordóñez: ¿Desde cuándo empieza su interés por el arte?

Leyla Cárdenas: En mi casa había un ambiente propicio, yo iba a clases de arte desde pequeña, visitábamos exposiciones, museos. Mi mamá es bibliotecaria y en un momento dado trabajó en una biblioteca especializada en arte. Así que rodeada de esos libros y observando a la gente que los consultaba tomé la decisión de seguir el inseguro camino del arte, fuera lo que fuera eso.

I.O: ¿Qué problemas estéticos, ideológicos o conceptuales ha desarrollado en su trabajo?

L.C: Observo la ciudad y la arquitectura en términos de decantación, acumulación y ruina. Los recorridos atentos por el paisaje urbano me dan material de trabajo. Todas las preguntas y su posterior elaboración son motivadas por el lugar específico donde me encuentre trabajando o a partir de los objetos recolectados. Así que estudio todo lo concerniente a esto llamado por una teórica rusa “ruinophilia”, o la fascinación por la ruina contemporánea. Revisar las utopías fallidas del modernismo en nuestro contexto es algo inevitable, que muchos artistas revisan de distintos modos. Mi aproximación es bastante física. Por eso me interesa la escultura: se puede abusar de las posibilidades narrativas que tienen los materiales y luego situarlos como un cuerpo más del mundo. Me he concentrado en la posibilidad de aprehender o dar consistencia material a la elusiva idea de Tiempo. Y el trabajo con materiales que guardan en su interior años y años de sustratos decantados me da la posibilidad de abrir esa dimensión espacio-temporal. Suena todo muy sci-fi cuando lo leo. Pero yo lo siento así, cada fragmento de pintura pelado de un interior de una casa es un archivo. Los materiales se pueden ver como la ruina de lo que fueron, es un acceso al pasado que inevitablemente esta anclado en el presente. Eso me gusta de pensar la ruina. Es completamente ambigua.

I.O: ¿Qué técnicas, medios o lenguajes ha trabajado?

L.C:Trabajo “escultóricamente” sin hacer objetos “escultóricos”; en vez de “hacer”, “deshago”. Por lo general los materiales que uso son encontrados en la ciudad o en los lugares en donde voy a exponer. Re-ciclo objetos o fragmentos de espacios desechados por la ciudad y con ellos hago dibujos, instalaciones, fotos que se vuelven ensamblajes. Hago “peelings arquitectónicos”, despojo a los lugares de sus pieles de pintura. Y aunque algunas cosas tengan un resultado más bidimensional, todo lo que trabajo lo hago desde una mirada escultórica, considerando el contexto, la materialidad, el tiempo. Ultimamente, en vez de tratar de detener o capturar algo justo antes de que desaparezca, estoy acelerando el proceso de deterioro.

I.O:¿Qué temáticas ha desarrollado en su trabajo?

L.C:Me parece problemático eso del “tema”. ¿Se puede trabajar con un tema desde el arte? El afán por tematizar es reductivo y simplista: demerita todo lo complejo y misterioso que realmente es el proceso de hacer algo. Prefiero decir que se trabaja alrededor, desde o hacia las ideas, procesos o intuiciones. Y como decía en las preguntas anteriores trabajo con el residuo, que etimológicamente es muy bonito porque es lo que queda, lo que resta de un todo y ya pensar en eso da para mucho.

I.O: Usted tiene un cierto interés por reflexionar sobre el espacio…

L.C:Sí, definitivamente pensar el espacio con todo lo que implica decir ese término tan grande que es tantas cosas. Pero siempre digo que mi material de trabajo es el espacio. Lo trato de entender escarbando todas sus capas de sentido; lo que pasa cuando se vuelve un lugar, lo que se encuentra cuando se intersecta con las capas del tiempo, espacios como testigos de cambios sociales, espacio como puesta en escena. Me gusta llegar a los lugares sin ningún material, que las cosas del sitio den las pistas por donde comenzar a entenderlo. Ningún espacio es neutro y nunca están vacíos. Es estimulante trabajar tratando de encontrar esas cargas y tensiones particulares de cada sitio.

 

I.O: Hablemos unpoco sobre sus proyectos.

 

L.C: El primer proyecto que me parece importante mencionar y que me sigue cuestionando es esta foto que tomé en una de las últimas casas del desaparecido barrio Santa Inés, mejor conocido como “El Cartucho”. Era parte de una serie de intervenciones que estaba haciendo por esa época -año 2000- con fragmentos de muebles encontrados y culatas. Ante la imposibilidad de trabajar en esa casa con los muebles, hice este boceto digital de lo que me hubiera gustado instalarle. Después en el 2010, tome muchas de las casas demolidas y culatas de mi archivo fotográfico para realizar la intervención de con-posición descompuesta. Consistió en calcar una culata en la pared de la galería y con el mismo material acumulado en sus paredes pasar de lo bi-dimensional a las tres dimensiones. No sabría como explicar brevemente la conexión que veo entre esas dos piezas, para mí se cerraba un ciclo.
De cualquier manera, 12 años después, sigo volviendo a lo que pasó con “El Cartucho”, ese gesto tan violento de borrar este barrio y sus habitantes del mapa. Entonces las múltiples capas de sentido que rodean el gesto como tal, el trabajo con materiales cargados de memoria, la necesidad de entender por medio de los mismos materiales de la arquitectura en ruinas el contexto de un lugar, siguen siendo parámetros para casi todos mis trabajos. Cuestionar el paso de la imagen de la cosa a la cosa misma, y cuando es sólo imagen poderla registrar justo antes de que desaparezca para siempre.

 

I.O: ¿Qué artistas han influenciado su trabajo?

L.C:Tantos… van por etapas de la vida también. Entrando a la Universidad tenía una fascinación por el surrealismo y por Magritte. Amo con todo mi corazón a Giuseppe Penone. He estudiado los que trabajan un poco como arqueólogos culturales. Susan Hiller, Bruce Nauman, Doris Salcedo, Eva Hesse, Mona Hatoum, Feliza Bursztyn. Y creo que miraré toda la vida las películas de Tarkovsky, una y otra vez siempre aprendiendo algo nuevo.

I.O: Usted también se ha desempeñado como docente. Hablemos un poco sobre ese proceso.

L.C: Ser profesora ha sido una experiencia muy gratificante. Me gusta estar en ese lugar de duda y de pregunta que es un taller de artes. No dar nada por sentado.También el vértigo de acompañar procesos sin saber a dónde se dirigen y ver cómo se van resolviendo las preguntas colectivamente. Poder compartir este recorrido tortuoso hacia el particular modo de conocimiento y pensamiento que es el arte es un gran privilegio.

I.O: ¿Cuántas exposiciones ha tenido?

L.C: Individuales 5, colectivas más o menos 22.

I.O: ¿Qué artistas colombianos le interesan?

L.C:Gabriel Antolinez, Nicolás Consuegra, Ximena Díaz, Lucas Ospina, Luis Carlos Tovar, Oscar Muñoz, Rolf Abderhalden, el colectivo Maski, Liliana Sánchez, Libia Posada, Paola Gaviria (Power Paola), muchos más que ahora se me pasan.

I.O: ¿Qué opina del arte colombiano?

L.C:No creo que se puede hablar de arte colombiano. Es arte que tiene la casualidad de ser hecho acá. Y si hablo de algo puedo hablar de Bogotá. A pesar de que sufrimos de endogamia crónica, se esta pasando por un momento muy vital en la mini escena local. Y creo que se esta haciendo de todo, lo cual esta muy bien, se ven propuestas muy disimiles entre sí, caminos y modos de pensar diferentes. Aunque no estaría mal tener más espacios, más eventos, más puntos de encuentro.

I.O: ¿Cree que hay algo que defina una cierta colombianidad en el arte que se produce por colombianos o en Colombia?

L.C:Lo digo desde mi propio filtro. Definitivamente hay una búsqueda y una exploración respecto a lo “matérico”, en la manera en que se asumen los materiales. También algo que es muy difícil de definir, pero tiene que ver con la desaparición de la imagen. Con la evanescencia. Hay muchos ejemplos de obras que se sostienen en un precario equilibrio entre aparecer y perecer; entre la crudeza y la sublimidad.

I.O: ¿Qué opina de la curaduría?

L.C: Cuando es un ejercicio asumido con juicio resulta una oportunidad increíble de establecer conexiones, de lanzar puentes, de visibilizar momentos. El curador esta en un lugar privilegiado de observación. Por eso mismo tiene mucha responsabilidad entre manos. Ya depende del personaje si asume esa responsabilidad con rigor o si cae en gestos sesgados que en vez de lanzar hilos para tejer una posibilidad de lectura y acercamiento a unas obras, arme nudos que cierran la entrada al trabajo de los artistas.

I.O: ¿Qué opina del mercado del arte?

L.C:Hace rato dejo de parecer un mal necesario. Hay que desmitificar un poco el arte. Esto es un trabajo como cualquier otro que puede ser remunerado. El problema radica en que cada artista debe asumir un código ético alto para que el mercado no sea fin sino medio.

I.O: ¿Qué opinión tiene de las ferias de arte?

L.C:Es paradójico porque no son lugares para los artistas. Pero a la vez dan lugar a conexiones y oportunidades. Para nadie es secreto lo que han hecho las ferias por Bogotá y esa visibilidad es muy positiva. Pero son eventos tan esporádicos, tan ligeros, tan abarrotados, que no dejan tiempo de procesar lo que son, ni lo que se ve en ellos. Imponen una velocidad que no es para nada afín a la meticulosa observación que requiere el objeto artístico. Siempre que voy a Corferias recuerdo la experiencia tan distinta que era ir a ver el salón de artistas en esas salas. Eran exposiciones que dejaban una impronta en el espectador. Y lamento que no haya un evento similar para que la gente se acerque al arte sin el contexto comercial y fugaz.

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