Icaro Zorbar


Iván Ordóñez: ¿Desde cuándo le interesó hacer arte?

Icaro Zorbar: Yo creo que desde siempre pero no sabía que lo llamaban arte. Ahora hago lo que quise hacer desde chiquito: de pronto antes de una manera más ingenua, incluso más espontánea, como sin ningún objetivo. Definitivamente me gustaba hacer cosas con las manos, sin embargo no me considero un virtuoso. Siempre tuve un piano en casa y aún continúa siendo una agradable compañía. Soy más bien torpe y con serios problemas de concentración… siempre siento que hago las cosas al revés. Siempre he sentido atracción por la vida, por las cosas que tienen o parecen tener vida.

I.O: ¿Qué problemas estéticos, ideológicos y conceptuales desarrolla en su trabajo?

I.Z: Creo que mi proceso siempre ha sido desde el hacer: desarmar cosas, descubrir funcionamientos, entender mecanismos, jugar, experimentar, dañar aparatos, quemarlos, no poderlos armar de nuevo… ponerlos a funcionar de una nueva manera. A través de eso surgen otras cuestiones: tener conciencia de que algunas cosas que hago se caracterizan por tener un principio y un fin -la cuerda se detiene, el casete se acaba, una canción tiene un comienzo y un final-. Eso empezó a caracterizar parte de mi obra en la que el tiempo, como un factor dramático, empezó a tener importancia. De esa misma manera surge la pregunta por los medios que utilizo e incluso por la estética de las cosas que hago. Definitivamente voy muy bien con todo lo analógico -como en un amplio espectro- no solamente versus lo digital ya que no me refiero a una problemática tecnológica. Lo analógico como algo que se aproxima mucho más a lo que somos: finalmente las cosas que llegan a nuestros sentidos lo hacen de manera analógica y no bajo una lógica binaria. También me encanta la confusión que se crea entre análogo y analógico ya que creo que la tecnología que utilizamos cada vez se parece más a nosotros mismos. Esos aparatos terminan siendo instantáneas de un tiempo. No sé cómo pero de alguna manera me recuerdan algo de lo humano que de vez en cuando perdemos.

I.O: ¿Qué temáticas trabaja?

I.Z: Todo se enmarca en las relaciones interpersonales. Me encanta dejar ver esas brechas que todo el mundo da por sentadas y que nadie entiende realmente. La fragilidad de las relaciones es lo que más me interesa. Cuando yo pongo en acción mis cosas lo que me gusta generar es una especie de conversación o diálogo entre estos sujetos que creo, estos monstruos que hago. Muchas veces les pongo voz; otras veces les pongo un sonido que crea como una atmósfera. Lo que me gusta es generar una tensión que en cualquier momento puede romperse.

Veo así las relaciones interpersonales. Por eso digo que es un universo gigante, finalmente uno podría hablar de cualquier cosa: es importante no quedarse en la idea básica de relación interpersonal/relación amorosa. Hablo en un término amplio, vínculos entre personas. Me parece, entonces, clave poner de frente temas que se han dicho y vuelto a decir. Por lo general no nos detenemos a pensar esas cosas.

Otra cosa que me parece chévere y clave en mi trabajo es la idea del drama en cuanto estructura, una construcción narrativa con principio y fin. Me interesa cruzar esto con todo el cuento de la tragedia. La idea del héroe, del antihéroe, del error trágico, y ver como eso continua sucediendo en la actualidad. Somos básicos, me gusta eso.

A mí me ha pasado con una cosa tan sencilla como poner dos tocadiscos reproduciendo la misma canción, que suena como un coro de unas personas que se están acercando poco a poco, que la gente queda pasmada y se pone a llorar. Es sencillo: hay un factor común y en eso me gusta ser descarado y pararme en el estereotipo. Por ejemplo el despecho, el despecho es un estereotipo; la cantidad de música y de géneros que se han creado a partir de las consecuencias de la ruptura amorosa son innumerables. La gente podría decir “que tema tan trillado”, sin embargo, parafraseando a Hitchcock: “lo malo no es tomar como punto de partida un estereotipo, el problema es llegar a un estereotipo”. Yo hago eso: si me gusta una canción de Los Panchos no tengo ningún problema en agarrarla y hacer algo con ella.

I.O: Parece que lo análogo en su trabajo no simplemente funciona en términos tecnológicos, parece que funciona también en términos culturales, usted hace analogías con los objetos que construye…

I.Z: Sí, es verdad. Alguna vez alguien me dijo eso: usted no hace metáforas, usted hace analogías y tiene que ver precisamente con lo que usted me está diciendo. Yo siento que estos sujetos que se crean acá en mi taller –me gusta más la palabra monstruos porque se sale de la normativa- deben tener un aura muy grande para que puedan ser, para que valgan la pena y puedan ser escuchados. Es como la analogía, como un reflejo torpe pero real: mírese acá un poquito, no se trata de hacer replicas, sino tal vez de hacer mamarrachos a los cuales siempre nos hemos parecido.

I.O: ¿Qué medios, lenguajes o técnicas trabaja?

I.Z: Trabajo con video, con sonido, con imagen fija, con textos, con aparatos en desuso, con aparatos que reproducen registros, con músicas… Se podía decir que trabajo instalación con video y con sonido. Es chistoso, me encanta la palabra instalación porque lo deja a uno como a medias: no soy escultor, hago instalación. Pero pasan dos cosas: una, por el lado del video nunca me ha gustado presentar trabajos en los que simplemente se presenten como videos; el video en especial se vuelve el contenido de algo, por lo tanto me preocupa cómo se va a ver. Siempre, en todos los trabajos que muestro video, el dispositivo de proyección o de exposición del video tiene que ir amarrado conceptualmente con el trabajo. Por otra parte en algunos de mis trabajos es importante la presencia de alguien para que ponga a funcionar la obra. A partir de eso surge el término de Instalaciones atendidas. Esto implica una atención directa, una presencia, alguien que posibilita un funcionamiento. En la mayoría de los casos soy yo. Es algo que no he resuelto completamente y hace parte de mi investigación personal.

I.O: ¿Qué cosas han influenciado su trabajo?

I.Z: Yo creo que todo lo que se cruce en mi vida. No soy muy académico con mis referentes. Además si le soy sincero, por ejemplo, recuerdos como la imagen de mi abuelo arreglando el reloj de mi casa, un reloj de péndulo que nunca logró reparar, o de mi papá cuando me enseñó a remendar casetes de audio, son referentes fundamentales para mi trabajo. Quizás algunos libros, películas, canciones pero la verdad tengo muy mala memoria.

I.O: ¿Cuántas exposiciones ha tenido?

I.Z: Individuales una en Costa Rica en la fundación Teorética y otra en Bogotá con la galería Casas Riegner. Colectivas no sé, varias. En Colombia, en Argentina – Buenos Aires, Brasil – Sao Paulo, USA – New York y Miami, Noruega – Bergen y China – Beijing.

I.O: Usted apareció en TheYounger than Jesus Artist Directory de la editorial Phaidon de 2009, una publicación que tuvo la asesoría de más de 200 personas entre curadores, críticos profesores y artistas de todo el mundo que seleccionaron a los mejores 500 artistas internacionales menores de 33 años. ¿Cómo llegó a hacer parte de esta publicación?

I.Z: Fue curioso. Cuatro curadores decidieron hacer una exposición con artistas menores de 33 años que marcaran una generación. Decidieron convocar a muchas personas cercanas al arte para que propusieran nombres. A mí me invitaron dos personas: la curadora de la Fundación Cisneros Fontanals en ese momento, Cecilia Fajardo-Hill, y la curadora colombiana Mariángela Méndez. Del grupo de los cuatro curadores principales a mí me seleccionó Laura Hoptman para participar en la muestra. Aparte del directorio en el que salieron los quinientos y pico de artistas postulados, publicaron otro catálogo más pequeño con los trabajos de los 50 escogidos para la muestra en el New Museum de Nueva York. Ese catálogo se llamó Younger than Jesus: the reader editado por Steidl & Partners.

I.O: ¿Qué opina de la curaduría?

I.Z: Creo que es un trabajo difícil. No tengo problemas con la curaduría, no soy de los artistas que pelean sobre eso ni de los artistas que creen en las roscas. Yo creo que la curaduría es una cosa de cercanías: por ejemplo Cecilia Fajardo-Hill -quien junto a Mariángela Méndez me postularon a lo de Younger Than Jesus-, me conoció porque yo me había ganado una subvención de CIFO unos meses antes a la que, a su vez, me había postulado María Iovino, quien conoció mi trabajo gracias a mi participación en el 40 Salón Nacional de artistas al cual me invitó a participar la curadora Natalia Gutiérrez. Por otra parte, aunque no lo he pensado mucho, el trabajo curatorial me parece como un juego de DJ: saber poner las cosas cuando, donde y al lado de qué.

I.O: ¿Qué opina del arte colombiano?

I.Z: En el arte de ahora hay cosas chéveres y gente pila que cree en lo que está haciendo. Cuando uno tiene la oportunidad de viajar se da cuenta que no estamos mal, y que no es un problema el hecho de no tener los medios tan al alcance de la mano; se trata más de una condición que nos tocó vivir.

La verdad no creo mucho en la patria, odio los himnos, las banderas, y todos esos símbolos que se fundan bajo el ideal de unión. Es más, me preocupan en cuanto son utilizados para señalar diferencias, límites y para reivindicar la negación del otro.

En una exposición en Buenos Aires en la que estuvimos varios colombianos yo me quedé dos meses atendiendo mis aparatos y tuve la posibilidad de recibir un feedback interesante. Lo que más les impactaba es que decían que esto no parecía arte “colombiano”. Hay gente que dice que lo mío parece arte del “mundo”, eso me parece muy bonito.

I.O: ¿Cómo le ha ido con las galerías con las que ha trabajado?

I.Z: Sólo he trabajado con la Galería Casas Riegner y me ha ido muy bien. Antes me había movido solo. El tema de cobrar es complicado ya que para mí es un desgaste emocional muy fuerte tener que pensar en el valor de las cosas que hago. El trabajar con una galería me quita de encima ese peso.

I.O: ¿Qué opina del mercado del arte?

I.Z: Es un mercado como cualquier otro. Es inevitable el hecho de que el arte vaya de la mano del mercado, y más si uno vive de lo que hace y no sabe hacer otra cosa. Si uno tiene claro eso su corazón va a estar tranquilo. Por eso es importante el papel del galerista: él sabe negociar, uno no.

I.O: ¿Qué opina de las ferias de arte?

I.Z: Para mí son súper divertidas porque para lo que yo hago funcionan. Yo no me desgasto. Son tres días tomando tintico, hablando con gente, viendo gente de todo tipo. Me gusta que no vayan sólo curadores y artistas, sino también la familia que no tiene nada que hacer el domingo.

I.O: ¿En qué colecciones está su obra?

I.Z: La fundación Cisneros Fontanals tiene obra mía y algunos coleccionistas particulares como Ana Sokoloff, Ignacio Liprandi y Solita Mishan han adquirido algunas cosas.

I.O: ¿Qué diferencia encuentra entre el arte moderno y el arte contemporáneo?

I.Z: Tal vez el movimiento. A mí me parece que el arte contemporáneo tiene más movimiento. Estoy hablando en términos de inestabilidad, de mantenerse en movimiento. El arte contemporáneo no se puede señalar fácilmente, no es fácil de asir. Como que el moderno es establecido, quieto y el contemporáneo mutable e incluso frágil, indudablemente es más afín con lo que me toco vivir.

 

 

 

 

 

 

 

 

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