Rafael Gómez-Barros


Iván Ordóñez: ¿Por qué empezó a hacer arte?

Rafael Gómezbarros: Yo comencé en el arte desde pequeño. Obedece a una influencia que tuve de mi papá por el entusiasmo de ser arquitecto. Él me regalaba lápices de colores, pero lo que más me gustó fue un tablero con tizas que me regaló. De ahí creo que parte mi interés por el arte: de dibujar y borrar. Mi papá decía que dibujar con bolígrafo era una forma de disciplinar el ojo y de disciplinar el espíritu. Cuando me ponía a dibujar la mano izquierda cada error que yo cometía en el block con el bolígrafo me demostraba que no estaba atento a la forma de mi mano; llegó entonces un momento en el que terminé dibujando mi mano perfectamente con bolígrafo, era para no borrar. Él le llamaba a eso disciplina. Así comencé con la idea del arte.

Cuando llegué a Bogotá, llegue sin un peso, prácticamente volado de mi casa, pero obedecía más a la necesidad de cumplir un sueño. Me fui de mi casa porque quería estudiar esta carrera. Llegué acá y tuve la posibilidad de trabajar con unas personas que se desenvolvían en el tema de hacer réplicas. En esa época estaba de moda que algunos “mafiosos” compraran réplicas de Manzur, Obregón, Botero. Con el primer sueldo que recibí compre mi primer caballete -que todavía conservo-. Con ellos tuve una gran escuela del buen dibujo de Luis Caballero, de las pinturas de Obregón, de las atmósferas y la paleta de Botero; esta experiencia no la tuve en la universidad. Por eso valoro muchísimo haber comenzado mi formación así, porque es una escuela que no todo el mundo tiene: preparar un lienzo, preparar un buen papel para hacer un buen carboncillo, eso lo aprendí durante esa etapa que duró 3 años; después entré a estudiar a la Jorge Tadeo Lozano.

I.O: ¿Qué cambios en su forma de trabajar le produjo la entrada a la universidad?

R.G: Bueno, obviamente mis referentes cambiaron, llegué pensando en que el arte sólo estaba supeditado al dibujo y a la pintura. Después cuando entendí los diferentes medios que había, como la instalación y el video, todo cambio. Yo soporto algunas de mis obras con la instalación, pero también soy versátil con el dibujo y la pintura. La obra es la que me dice cómo debo hacerla. No estoy luchando por encontrar un lenguaje. Lo que hoy se puede catalogar un lenguaje, yo lo utilizó como un método para expresarme y depende del tema que esté tocando en el momento. Es lo que hago con las artes plásticas.

I.O: ¿Qué temáticas trabaja?

R.G: Lo prehispánico. Tengo interés en la danza y en el teatro y mi obra se proyecta a futuro a tocar esas dos disciplinas. Tengo en cuenta todas las corrientes y trato de fusionarlas porque quiero crear un lenguaje amplio con mi trabajo. Cuando comencé con mi obra la empecé con una serie que se llamó Hasta la tierra es mestiza. Fue una serie de autorretratos que se presentó en el Palacio Rafael Uribe Uribe de Medellín para el día de la raza en 1999. Lo que hice fue autorretratarme en cuadros de un formato de 2,00 X1,50 cm. Lo primordial de estos cuadros es que mi cara iba desapareciendo y prácticamente me convertí en una máscara: me quité las cejas, me rapé, me puse piercing. De ahí surge la idea de trabajar en serie: en ese tiempo eran pinturas, comencé a mirar la tierra como el color de la piel, entonces habían muchas texturas en la obra, las arenas –que hoy en día soportan mucho el trabajo escultórico que hago- comenzaron a jugar un papel importante. El nombre lo tome de un libro y se lo puse porque con mis rasgos –soy una fusión de muchas vainas- encontré que mi identidad cumplía con el objetivo de esas fechas –el día de la raza- entonces pues decidí autorretratarme en la serie Hasta la tierra es mestiza.

Después surgió otra serie que se llamó Urnas. Se refería a la emulación de los sentidos y empecé a involucrarme con el tema de la mente: -Uno es lo que le mete a su cabeza.- Entonces en el ejercicio de taparse los oídos, la boca, la nariz, resaltaba la mente. Las Urnas tenían elementos fuertes como las señales de bala puestas en orden en la frente en cada una las piezas como una simbología de anular al ser: el cuerpo no existe, sólo existe la cabeza, que aniquila al cuerpo y que lo parte en dos; de las únicas culturas en el mundo que anulan el cuerpo, lo divide en dos y resalta la cabeza es la cultura Tumaco. La influencia de la cultura Tumaco se ve mucho en Urnas.

Después de Urnas surgió Sonajeros: un poco la historia del hombre repitiéndose y repitiéndose. Ahí se destaca ya la idea craneal –veníamos con la cabeza en Urnas- , comencé a sacar unos moldes de un cráneo. Con base en eso incursiono en la instalación y en la escultura. Sonajeros tiene semillas por dentro. Hice esta obra para que la gente pudiera interactuar con ella, tocarla, moverla. Yo discuto mucho con la instalación porque creo que no deba estar sujeta a teorías sino que el espectador entienda de una qué significa. Entonces cree estas piezas que estuvieron en la galería Alonso Garcés –eran 130 esculturas cayendo desde el techo-. La idea era que no se viera a primera vista el nylon que lo sostenía, sino que el público llegara y encontrara estos seres levitando en el espacio, como la representación del ADN. El espacio estaba completamente oscuro y lo único iluminado eran las piezas que caían desde el techo.

Sonajeros para mí fue como abrir caminos en una nueva etapa de mi trabajo, concentrarme bastante en la instalación y dirigirme a un público –que en últimas es al que apuesto- que es el de la calle; ese es el público que quiero que interactué con mi trabajo y no lo vea como distante. La obra tiene el nombre de un juguete pero se le pone el nombre de un juguete a dos cráneos que están unidos, amarrados, que a primera vista desde lejos parecen cerámicas; tiene una influencia de los entierros de las momias precolombinas. En últimas no termina siendo ni lo uno ni lo otro, sino la historia del hombre actual. La historia de la humanidad que se repite y seguirá repitiéndose.

Después la estructura del sonajero se dilata y se convierte en el cuerpo de una hormiga. Ya salgo del tema de la salud mental, del tema de la herencia, y me meto con el cuerpo que se multiplica, el cuerpo que crea más cuerpo y crea fronteras. Me meto, entonces, con un tema que nos toca a todos y es el desplazamiento forzado en Colombia. Entonces esta hormigas con su estructura –el carácter de hormiga se lo dan las ramas- se vuelve pretensiosa porque la obra quiere salir de la galería y sale al exterior a tomarse espacios visibles como monumentos o edificios que, en últimas, resaltan el tema. Es una invasión que no se sabe si quien la hace son los desplazados o los que desplazan. Son dos cráneos nuevamente los que participan en la estructura de las hormigas –una cara son los que desplazan y la otra son los desplazados-. El material que se utiliza son ramas, pitas, arenas, carbón del cerrejón, que es lo que le da el valor plástico a las piezas, obviamente la resistencia obedece a la resina y a la fibra de vidrio preparadas para poder exponerlas a la intemperie. Esta obra se llama Casa Tomada.

Actualmente simultáneamente con Casa Tomada trabajo en otras series: La primera se llama Paracos: es una serie de avisperos originales en los que se pintan unos mapas de diferentes regiones donde ha estado la población forzada a dejar sus viviendas. Quiero aclarar que el término “Paraco” surge porque es el nombre que se le da a los avisperos en mi tierra, en el Magdalena. Yo se lo puse por rescatar la historia y para mostrar por qué se les da ese nombre a los “paras”. Cuando usted tumba un avispero, cuando en mi tierra se dice vamos a tumbar paracos, es vamos a tumbarlos para sentir la adrenalina y salir huyendo. Se les pone el apodo es por eso: donde están los “paracos” arrasan con todo y hay que huir. Yo rescate avisperos durante tres años y lo que hago en la instalación es hacer unos huecos en la pared y uso las ramas que sostienen el avispero, entonces el público se acerca y se da cuenta que son casas deshabitadas –de alguna forma las avispas tienen una estructura social que se parece a la de los humanos-. Lo curioso que pueden tener estos avisperos vacíos, es la magia que generan con los mapas que están allí dibujados.

Después siguen dos series más: La especialidad de la casa que son piezas armadas con cucharas de acero y es un poco hablando sobre el hambre, que no es solamente el hambre de comer, sino también del hambre espiritual y Templos y templarios que es la obra que desarrollaré durante los cuatro años que vienen.

I.O: ¿Qué ha influenciado su trabajo?

R.G: No busco medios, los medios me los invento porque creo mucho que uno debe tener un estilo propio, busco más bien artistas que en su concepto me puedan interesar. Por ejemplo Damien Hirst y la forma en la que trabaja la muerte, por ejemplo. Me gusta mucho Pedro Alcántara, me encanta Leonel Góngora con sus dibujos, me gusta Luis Caballero. Admiro como artista a Doris Salcedo, me gusta Delcy Morelos, pero no son artistas que me influencien. Me influencian otras cosas, pero no los medios. A mí me interesa mucho dejar una imagen implícita en la memoria del espectador. Creo que el arte contemporáneo ha perdido la capacidad de entablar una relación de fascinación y de comunicación con el espectador, ha perdido la capacidad de mover y de generar esa chispa. Cuando uno ve la obra de Chagall en un museo, uno puede sentir esa magia. Muy pocos artistas contemporáneos me mueven el piso. Me he vuelto más como un cazador de artistas, de exposiciones en internet, que me hagan sentir vivo.

I.O: ¿Cuántas exposiciones ha tenido?

R.G: Individuales alrededor de 17 no sólo en Colombia, sino también en Méjico, Alemania, España, Ecuador, Italia -en donde hice mi primer mural en el Centro León Cavallo con la obra Urnas-, Venezuela, Canadá y Argentina. Ahora con Casa Tomada vamos para Brasil y Canadá.

I.O: A veces lo enmarcan como un artista moderno, pero algunos también lo consideran un artista contemporáneo. ¿A qué obedece eso?

R.G: Obedece a que los temas que he tocado en algunas etapas partieron de la pintura. Cuando me metí a hacer la obra de Sonajeros, en donde confluye la instalación el dibujo y la pintura, al final terminé en la instalación, porque lo que quería decir con el dibujo y la pintura me limitaba. Yo invito al público a que juegue con la obra, a que interactúe con las piezas.

I.O: ¿Qué opina de la curaduría?

R.G: Creo en las curadurías, siempre y cuando al artista no se le delimite su obra. Creo que el artista contemporáneo es abierto a tocar todo lo que pueda, no puede encasillarse. Creo que se debe reforzar la curaduría en ver procesos. Debe haber una curaduría personal como artista. Y participar en curadurías de eventos, siempre y cuando haya un respeto con su proceso y no que el artista termine cambiando un proceso por cuadrar en una curaduría, que es común hoy en día.

I.O: ¿Qué opina del mercado del arte?

R.G: Las reglas tienen que cambiar con las galerías. Damien Hirst en la subasta que tuvo en Sotheby’s, el artista se presenta sin galería, vende y rompe record, y declara en una entrevista que hay mucho dinero para invertir en el arte en donde los artistas son los que menos ganan. Hay que tener en cuenta que no hay nada de malo en que el arte esté de la mano con el dinero, en últimas uno termina viviendo de esto. Lo que veo en este momento en el mundo del arte, es que tarde o temprano los galeristas tienen que replantear sus acuerdos con los artistas, no podemos seguir en el mismo plan. En el caso de Colombia, por ejemplo, estamos a las puertas de una crisis. Mientras un galerista tiene 25 artistas como posibilidad de venta, un artista no puede tener sólo una galería para que le venda. El mercado hoy es amplio y es válido para mí que el artista tenga su propio mercado. Yo pienso que eso contribuye a que el artista sea más versátil en su trabajo –porque uno invierte tiempo, material, etc.- y pienso que se le quita un poco de peso a los galeristas. Entiendo que hay una labor de promoción, y está bien que cobren por eso; pero estamos en un medio tan grande que es válido que el artista haga su propio proceso de venta.

I.O: ¿Cómo ve el arte colombiano?

R.G: En Latinoamerica ocupamos un buen puesto. Creo que podríamos estar mejor. Para las generaciones nuevas, no me gustan las escuelas que tenemos. Hay artistas que hicieron historia en Colombia y desaparecieron. En las escuelas son muy poquitos los alumnos que presentan un interés hacia esos artistas porque están más concentrados en lo que se hace afuera. Yo creo que todavía hace falta explorar muchas cosas, estamos en el proceso de encontrar una identidad. Escuelas como la del arte cubano son reconocidas porque ellos mismos reconocen su cultura. Así mismo artistas de Brasil parten de tener un conocimiento de su cultura. Creo que acá nos falta reconocernos.

I.O: ¿Cree que hay algo que defina la colombianidad en el arte?

R.G: Sí, me parece curioso que las veces que he expuesto por fuera del país, al artista colombiano se le percibe como un artista “dramático”. Yo antes no le prestaba atención pero hoy en día por estar tocando un tema como el desplazamiento forzado, me he puesto como en ese orden de cosas. Hay artistas que dicen, que se puede ver como moda, yo no creo en eso; yo creo que obedece a que el arte expresa lo que se vive en el momento. De lo contrario no existirían grandes obras como Guernica. Como estoy en esta etapa y al exponer en el exterior la obra de Casa tomada, obviamente me encuentro con comentarios, y el comentario común es que el artista colombiano es muy dramático, que está encasillado en la violencia, en lo que pasa en su país. Es verdad. Pero cuando voy a Méjico a presentar una obra como Sonajeros que también trata sobre la violencia, sobre la herencia, allá se percibe de otra forma, la relación con la muerte es distinta. En Venezuela la gente tocaba los cráneos y decía: esto somos nosotros, y al ver que tenían sonido se entusiasmaban. Dramático porque no tenemos pelos en la lengua o somos muy directos con lo que se crea. Si Damien Hirst hubiera salido de acá no hubiera impactado tanto, él sale de Londres, tiene un acercamiento distinto a la muerte. Europa ha pasado por varias guerras: sabe que es la guerra, sabe que es el hambre, se crea una atmósfera distinta. Aquí esto es común, acá hemos estado en lo máximo que da el estiramiento de un hilo, hemos llegado a los extremos más duros. Lo que Latinoamérica necesita es una guerra, una guerra entre países para poder entender: por eso es que Sonajeros plantea que la historia vuelve a repetirse, como que se necesitan de experiencias duras para poder aprender. No creo que tengamos que llegar a ese extremo pero para allá vamos.

I.O: ¿Qué opina de las ferias de arte?

R.G: Las ferias son para las galerías, son impulsadas por los galeristas, es el negocio de las galerías. No son el termómetro, ni la vitrina para saber qué artista está mejor que otro. Las bienales son para los artistas, como las ferias son para las galerías. Para mí eso no le aporta al arte nada, le aporta a un mercado. Son ventas y ya.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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